02 junio, 2009

El cantante (parte 4) - cuento para niños

La Loba se había mudado a una casa grande que tenía muchas ventanas y un jardín con el pasto bien cortito y margaritas por todas las esquinas.
Mis hermanas se fueron a correr por ahí, ellas creían que estaban de paseo y mi hermano mayor se quedó sentado en un banco cerca de papá. Yo estaba atento a que mamá saliera y nos recibiera con los brazos abiertos. Pero la trajeron acompañada de un señor vestido con una chaqueta blanca. “¿Quién es papá?”, dije yo. “Ese señor es el doctor que está curando a tu mamá”, me dijo él. Y ahí vino caminando mi mamá vestida con un camisón color blanco y un poco despeinada. Tenía los ojos hinchaditos (yo sabía que era porque lloraba) y mi papá la abrazó y ella comenzó de nuevo a querer llorar.
Se agacho y me dijo “hola Nico”. Y yo la abracé y le dije al oído: “prometo ser el mejor alumno si volvés a casa mamá”. Y ella me apretó. “¿estás enojada conmigo verdad?”. “No, con vos no mi amor”, me dijo ella pasando sus manos por sobre mi cabeza.
Cuando dijo eso volvió a pararse y se fue caminando con el Doctor y papá. Yo me quedé sentadito en el banco mirándola a lo lejos sin entender y sin saber porqué me había abandonado. Ese sábado algo dentro de mí se quebró para siempre. Sentía un huequito adentro del corazón. Ahora si me dolía el corazón y no sabía con qué curarlo…
Mamá estuvo internada tres meses y fueron los más feos de toda mi vida. Me había abandonado La loba y ya no sabía qué hacer para que ella regresara. Me dolía mucho el corazón, me dolía tanto que lloraba escondido entre los rincones de la biblioteca del colegio. No me importaban mis compañeros, sólo quería llegar a mi casa y esconderme debajo de la cama con el toto.
Le dije a la señorita Negrita –la más gordita de todas- que me controlara bien las tareas porque yo tenía que ser el mejor, pero no para burlarme de los otros chicos, sino para que mamá se pusiera contenta cuando viera la libreta con mis altas notas. Eso la haría feliz…
Hice trampa muchas veces. No podía controlarme. Yo le había prometido a Diosito que no me iba a subir al techo, pero extrañaba a mis amiguitos los duendes, además ellos me ayudaban. Lo que si les dije fue que ya no podía bailar ahí cerca del tanque, porque las tejas ya estaban arregladas y no se podían volver a romper, además La Loba se iba a enojar, aún estando lejos de casa. Había que ser buenos y cuidar las cosas de mamá. Y las tejas eran de mamá porque estaban en su techo. Era de todos, pero ella decía “es mi casa y aquí se cuidan las cosas”. (Así nos decía cuando nos portábamos mal y la teníamos re podrida). Pero ahora todos éramos buenos y ejemplares. Todos…
Como mamá todavía no llegaba a casa mi papá me mandaba todas las tardes a la casa de una tía para que ella me ayudara a estudiar, pero al principio no me gustaba ir porque todos fumaban en esa casa. Me daban miedo, sobre todo mi tío que tomaba alcohol, pero después ya no. Eran buenos mis tíos y mis primos también, pero ya eran grandes, hasta tenían pelos en el pecho. Cuando a uno le salen pelos ya puede ser grande y tener hijos y trabajar, antes no. Pero no a todos les salen pelos, mi mamá dicen que es porque son lampiños, yo digo que es porque nunca crecieron, así como Peter Pan, que nunca quería hacerse grande, porque es mucho más lindo ser niño. A mi me encanta ser niño, pero a veces me gustaría ser grande para poder ir solo de viaje con los duendes, pero para eso tengo que esperar que me salgan pelitos en todas partes y todavía falta muuuuuuuuuucho dice mi tía Marta -que es gordita como la señorita Negrita- (no mi tía la que me hace las tareas).
* Continuará...

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