El cantante (parte 6 -final-) - cuento para niños
¡¡¡Mamá viniste!!! –grito yo y ella se ríe. Ya no llora más y está muy linda. –El Doctor me dijo que ya estoy bien así de que vine para que vayamos juntos al coro, ¿querés ir todavía verdad?. ¡Claro!, le digo yo, y soy feliz. Soy muy feliz con mi mamá sentada a mi lado en mi cama calentita. Que alegría, seguramente Diosito debe haber escuchado cuando yo rezaba. Seguramente.
Tanto alboroto hice con el coro que mamá me llevó, la idea era de ella, pero a mi también me gustaba cantar, sólo que no me daba cuenta.
Había muchos chicos y chicas esperando el turno para cantar. Bajamos de un taxi con mi mamá en el Teatro San Martín, donde eran las pruebas de voces. Entramos y nos sentamos a esperar. Todos cantaban bien y no tenían vergüenza. Yo no me separé ni un ratito de mamá.
Cuando llegó el momento que pronunciaron mi nombre mi mamá me tomó del brazo y me acompañó hasta el escenario dónde se puso a hablar con la directora mientras la secretaría me miraba fijo a los ojos. Yo me escondía detrás de las dos piernas de mi mamá.
Tanto alboroto hice con el coro que mamá me llevó, la idea era de ella, pero a mi también me gustaba cantar, sólo que no me daba cuenta.
Había muchos chicos y chicas esperando el turno para cantar. Bajamos de un taxi con mi mamá en el Teatro San Martín, donde eran las pruebas de voces. Entramos y nos sentamos a esperar. Todos cantaban bien y no tenían vergüenza. Yo no me separé ni un ratito de mamá.
Cuando llegó el momento que pronunciaron mi nombre mi mamá me tomó del brazo y me acompañó hasta el escenario dónde se puso a hablar con la directora mientras la secretaría me miraba fijo a los ojos. Yo me escondía detrás de las dos piernas de mi mamá.
-Bueno, ¿Qué nos vas a cantar Nicolás?, me preguntó la directora.
- Nada, dije yo.
Mi mamá me llevó a un rincón y me dijo que si no cantaba, me mataba. Como yo no quería que ella me matase me metí debajo de una mesa cerca del piano y no salí más.
¡Ay este chiquito!, decía enojada mi mamá y me lanzaba una de sus miradas de Loba mala. Todos estaban esperando que cante.
Esperaron un rato y la directora -que se llamaba Ana María- se agachó ella también y me susurró al oído las siguientes palabras: “Arroz con leche me quiero casar, con una señorita de San Nicolás, que sepa tejer, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. Y se cayó. Me observó y con su mano corrió mi flequillo. Se acercó aún más y me dijo al oído con su voz calma:
¿Podes hacerlo vos?
- Si, le dije yo. Y canté “Arroz con leche me quiero casar, con una señorita de San Nicolás, que sepa tejer, que sepa bordar”. – Pero me tiembla todo, le digo, y ella me dice: no importa, usted siga: “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”
- Su hijo es “soprano” y tiene una voz única, le dijo a mi mamá. Alejo había quedado entre los contraltos pero al poco tiempo abandonó, además no tenía buen oído para la música. Yo si. O se tiene o no se tiene. Y yo era loco y él no.
Me encanta ir al coro porque la música me hace soñar. Me hace acordar a cuando estoy en el tanque jugando con mis amigos los duendes. En el coro somos muchos los cantantes, hay más mujeres que varones. Yo canto finito –porque soy soprano- dice la señorita Ana María- pero sólo canto en casa y en el coro, en el colegio no, porque los chicos son malos y se burlan. Pero no me importa, porque yo sé cantar y ellos no.
Lo primero que me enseñan es a vocalizar y tomar mucho aire. Ahora en casa se me ríen porque ando todo el día inflado como un sapo. Pero a mí me gusta, porque cantar me divierte. Nunca me gustaron los videojuegos, pero si los libros, los muñecos de play móvil para armar y ahora, cantar.
La Señorita Anamarilla (así le puse porque Ana María no me gusta, y como tiene el pelo rubio color amarillo le digo así) me dice que soy su alumno preferido porque parezco un pajarito cuando canto. “Sos un ángel”, me dice, y yo le sonrío porque mi abuelo Silvio (el papá de mi papá, que también se llama igual que él y mamá) me decía que cuando alguien te hace un cumplido hay que devolver una buena sonrisa. “Hay que ser educado, mijito” me decía él y siempre me daba una monedita para comprar caramelos en el kiosco que estaba a la vuelta de su casa.
Tanto me gusta el coro que me olvido del colegio y mamá me reta y me da tres chirlos en la cola porque no sé nada de matemática (porque es feísima y un pedo total) y me dice que si no estudio se acabó el coro y la música.
¡¡¡Noooooooooo mamita querida!!! Le digo yo, el coro no por favor mamita. Le suplico y le prometo que voy a hacer las sumas, restas y ahora multiplicaciones todos los días de mi vida, hasta hacerme viejo y lleno de pelos. Mamá se hace la desenojada y me dice que bueno, pero que “estoy en capilla”. Y eso ella dice cuando me va a mirar de cerca para ver si cumplo y me porto bien. Pero yo sé que ella en el fondo se muere por mí…
Es mitad de año y estamos en el mes de septiembre. En mi ciudad se festeja el “Septiembre musical” donde todos los cantantes, músicos y artistas muestran las cosas que han estado preparando. El coro de niños va primero al teatro en las funciones porque somos chicos y tenemos que acostarnos temprano.
El uniforme es horrible, porque tenemos un pantalón gris (como el del colegio) una camisa blanca, una capa azul y un moño bien grandote escocés. Mi mamá dice que todo es una “cholada”, pero bueno, es lo que la directora quiere. Me peina con gotitas de limón y el pelo me queda tan tirante que parece que una vaca me pasó la lengua por la cabeza. Me viste con el uniforme y luego se viste ella. Mis hermanas ya están listas y Alejo y papá también. Todos vamos juntos al teatro porque hoy cantamos. Hoy canto y soy solista. Cantaré el “Ave María”.
Llegamos y la secretaria de la señorita Anamarilla me lleva al camarín donde están los otros chicos. Luego pasamos al escenario en dónde vocalizamos mientras la gente espera afuera en las escalinatas del teatro.
La señorita Anamarilla se me acerca y me dice: ¿estas nervioso?, “no”- le digo yo. Entonces me pregunta ¿Te acordas de la letra del Ave María?, si, es re fácil –le digo yo. “Ese es mi flaquito”, me dice ella y me acaricia la espalda. Se va y me deja solo en el camarín. Entonces rezo y le pido a Diosito que me ayude a no olvidarme la letra del Ave María porque es en latín y que si me olvido la Loba me mata desde las butacas nomás y ahí que hacemos.
Las luces están apagadas y estamos todos formando fila. Se abre el telón, nos presentan y a medida que entramos formados al escenario los aplausos nos aturden. Silencio. Hay mucho silencio y yo sé que Diosito me está ayudando. El coro canta una canción en italiano que se llama “La caritá” y cuando terminan todos aplauden. Entonces la Señorita Anamarilla me presenta y cuando dice mi nombre, todo el cuerpo me tirita. Busco a mi mamá pero no la veo entre la gente. Me paro a la par del piano y respiro. Ella comienza a tocar y de pronto la melodía me calma y me siento solo en el escenario. No veo las caras de las personas sentadas, no siento el murmullo detrás de mi espalda. Sólo sé que estoy por cantar y que esa felicidad no me deja pensar en nada más.
Ave maría… Abro la boca y canto. Mi voz resuena en todo el teatro. Mi voz es finita, dulce, aguda. Mis manos están cruzadas detrás de mi espalda. Mis ojos miran un punto fijo dentro del Teatro. Ya no soy el mismo. Me siento mas viejito, o más maduro, como diría mi abuelo Silvio.
Cesa mi voz. Cesa el piano. Y el teatro estalla en aplausos. Soy yo cantando y soy feliz. Estoy volando. Tengo ganas de llorar.
Cuando termina van todos al camarín y me saludan. Mis hermanas me miran de lejos y mi papá me abraza. Mamá loba viene más despacio y cuando se acerca le veo los ojitos brillosos. –“Papá siempre soñó con tener un nieto que cante. Y hoy pude sentir que él estuvo a mi lado escuchándote cantar. Te amo”. Me dijo ella. Me abrazó y sentí su corazón cerca del mío.
Mientras mi mamá guarda mi uniforme en un bolso mi papá conversa con los otros padres y recibe felicitaciones. Todos se felicitan entre sí y yo me quedo en un rincón pensando. Pienso que mis amigos los duendes me escucharon desde lejos y que voy a contarle todo al toto cuando llegue a casa.
Pienso que cuando sea grande me gustaría ser cantante para ver siempre los ojitos brillosos de mamá. Pienso que me gustaría no crecer para sentir que vuelo, para perderme entre los aplausos y para saber que a mi lado siempre está Diosito.
Volvemos a casa. Me llevan en auto. Compran pizza y festejamos. Todos en casa están felices y mamá ya no llora. Ahora soy cantante y por mi canto, todos estamos comiendo juntos. Porque antes no era así. Ahora si, entonces deseo poder cantar siempre para que la mesa de casa esté siempre repleta. Pero no de comida, sino de amor.
Fin.
Solo puedo acotar que tengo lágrimas en los ojos...
Hermoso =)
Ju is Sam dijo...
12 de junio de 2009 10:24
MUY INTERESANTE ME COMOVIO MUCHO
Doritos Ad Challenge dijo...
13 de junio de 2009 13:31
Me morí
(pum)
Yo te avisé. Es cierto: hace brotar las lágrimas.
¿Que el protagonista se llame Nicolás es un indicio de que este cuento es casi una autobiografía? ¿O es simplemente su nombre lo que te identifica con él?
Más que un cuento "para" niños, yo lo denominaría un cuento "de" niño. Porque para que lo lea un niño es poco extenso. Pero para los que ya crecimos un poco.... es una caricia en el corazón.
•Lola• dijo...
18 de julio de 2009 23:09