Leopoldo… ese es mi nombre. En realidad es el segundo, pero lo uso más que el primero por ser el otro impronunciable. Vivo en un departamento monoambiente por calle Libertad, cerquita del teatro Cervantes, al que voy seguido a ver obras maravillosas. Mi trabajo es muy simple: soy corrector de libros; y si quisiera acordarme porque soy esto y no otra cosa, no lo recordaría, e incluso podría decir que es mejor dejar las cosas como están, para evitar desastres. Pequeños desastres evitables. Además de corregir libros (cantidades interminables) he descubierto que tengo una obsesión; y como no tenerla: un tipo soltero (no por elección, sino por resignación, sin hijos, sin pareja, sin familia, absolutamente solo) por lo general las tiene. Hace unos años frente a mí departamento vivía una señora llamada Aurora, que tenía un balcón maravilloso: grandes macetones con flores, una enredadera, un ficus y pequeñas macetas de sombra con alegrías del hogar. Por las mañanas ella se sentaba un banquito pintado de blanco y tomaba mate mientras veía la gente pasar; a veces incluso me invitaba. Lo curioso era saber que yo carecía de un balcón, esa prolongación divina que cuando se vive en departamento, puede alegrarte la vida por muchas razones: aire puro que corre por las alturas, poder observar como arman nidos las palomas, el sol se te queda más tiempo pegado en la ventana… en fin, exquisiteces que una persona sin balcón no conoce. Pero ni era ese mi caso… el balcón de Aurora, de alguna manera, era el mío. Le regalé plantas, incluso el banquito blanco sobre el cuál se sienta, se lo pinté yo. Todas las mañanas, junto a ella, abría las persianas de mi gran ventana y de repente yo también tenía un ficus, macetas de sombra con alegrías del hogar, una enredadera y un banquito para sentarme –cuando quisiera- a tomar el té. Yo tenía un balcón, a pesar de vivir en un monoambiente. Tenía un balconcito.
Pero, como todo en esta efímera vida, se escurrió, se fue, desapareció, se vació de contenido. Una mañana Aurora no salió más y de a poco su familia fue quitando todo de su casa: los muebles, las cortinas, las macetas, el banquito, todo… Al mes y medio de fallecida, le colgaron un cartel amarillo patito en “nuestro” balcón que decía: “DUEÑO VENDE”.
Creo que esas palabras me hirieron profundamente, más que la muerte de Aurora, más que los mates que no íbamos a volver a compartir. Esas palabras me quitaron la posibilidad de tener nuevamente un lindo balcón, algo tan simple como eso.
A los seis meses quitaron el cartel, las persianas subieron de nuevo y la alegría me volvió al cuerpo.
Hace un año de esto, hace ya un año que Aurora se fue, y con ella el balcón, porque el nuevo dueño ni siquiera lo limpia; el único adorno que tiene es una escoba vieja toda desmechada que utiliza para limpiar el motor del aire acondicionado cuando se llena de tierra. Ahora me levanto todos los días viendo un juego de aletas que da vueltas y vueltas dentro de una chapa color blanco. –“Ese hombre vive con calor”, pienso. –“¿No basta con un ventilador? No soportaba ver esa decadencia, ese desperdicio de espacio, yo debía hacer algo para recuperar mi balcón.
Fue un domingo que me desperté abruptamente, y tomando la maceta con un pequeño jazmín, me dirigí hacia la puerta del nuevo dueño.
- Buenos días…
- Buen día… ¿usted es? Me dijo
- Soy su vecino, y era amigo de la anterior dueña.
- Ah…
- Me preguntaba si usted podría aceptar este jazmín, es simplemente para que lo coloque en su balcón, y luego le iré trayendo más plantas.
- No entiendo…
- Mire, le cuento. Aquí vivía departamento una señora llamada Aurora, que tenía un balcón maravilloso: grandes macetones con flores, una enredadera, un ficus…
Le conté toda la historia, y él la entendió. Tomó el jazmín, y con una sonrisa medio confusa, aceptó que yo le llevara todas las plantas que quisiera, pero me advirtió que el no las cuidaría. Yo me iba a hacer cargo de todo. Cuando él llegaba del trabajo, yo lo esperaba con una pequeña podadora y una regadera. Entonces entraba, cuidaba “mis plantas de mi balcón” y luego me iba. Desde ese momento, cuando abro mi ventana, tengo la vista más hermosa que cualquier persona de todo gran Buenos Aires pueda tener: un balcón repleto de plantas y flores.
Con los años eso se transformó en una obsesión que tengo cada vez que me subo a un colectivo: abro la ventanilla y durante la media hora de viaje que tengo de casa hasta la editorial, voy observando todos los balcones que están a mi alcance. Me obsesiona saber que cosas tiene la gente en ellos, para que los utiliza: hay algunos que los usan como deposito, tiran allí escobillones, sillas viejas, hasta libros incluso. Sin embargo otros –como yo quizás- tienen macetas, jaulas con canarios. Algunos les ponen rejas, vidrios, enredaderas para evitar que entre el sol. Son bastantes los que utilizan toldos verdes, o incluso les colocan redes que van desde el suelo hacia el techo, para evitar que sus mascotas se suiciden o para que de noches los murciélagos se posen sobre los marcos de las ventanas. Y así la media hora de viaje se me hace más corta, y la vida un poco más curiosa. Antes no tenía un pasatiempo, no coleccionaba monedas ni nada de valor; hasta que encontré a Aurora, o a decir mejor, a su balcón, que devenido a un estado decadente, me propuse cuidar y transformar.
Lo que la gente no sabe quizás, es que sus balcones hablan mucho de cómo son ellos. El nuevo dueño de mi balcón no tiene un arraigo sensible por su casa, más bien la ve como a un hotel. Sin embargo Aurora demostraba que todo lo que tenía estaba dentro de ese departamento: sus cuadros, sus flores, sus sillones con tapizado de medio siglo, sus recuerdos…
¿Y yo que tengo? ¿Y ellos que tienen? ¿Por qué no cuidan?¿por qué desechamos? ¿Por qué se secan las flores? ¿Por qué siempre las persianas bajas? ¿Tanto molesta el sol? ¿La vida?
Esas son sólo algunas de las preguntas que me hago mientras viajo en el colectivo y colecciono imágenes de esas “prolongaciones divinas” (como les digo yo) que pueden salvarte si vivís en departamento. Esas que para muchos son sólo una parte más de la casa, pero que para otros son la única posibilidad de salir de un espacio reducido para sentirse un poquito más libre, y también más dichoso.